Poseer una finca rústica en Galicia es, a partes iguales, una bendición y una lucha constante contra la fuerza indomable de la naturaleza. Aquí, la tierra no descansa; si te despistas dos meses, lo que antes era un prado verde se convierte en un catálogo impenetrable de toxos, silvas y fentos. Mi pequeña herencia en el interior de la provincia de Pontevedra, un terreno que mi abuelo cuidaba con mimo, se había transformado en una selva impenetrable que amenazaba con tragarse hasta los muros de piedra seca que la delimitan.
Mi odisea comenzó frente a la pantalla del ordenador, buscando una empresa de limpieza de fincas rústicas galicia que entendiera que «desbrozar» en Galicia no es simplemente pasar un cortacésped. Buscaba a alguien que manejara la desbrozadora con la precisión de un cirujano y que conociera la normativa de prevención de incendios forestales de la Xunta, esa «distancia de seguridad» que nos quita el sueño a los propietarios cada vez que asoma el verano.
La búsqueda no fue sencilla. En el rural gallego, el boca a boca sigue siendo el algoritmo más fiable, pero yo necesitaba profesionalidad y, sobre todo, una factura que me diera tranquilidad legal. Llamé a varias empresas locales. Algunos me hablaban de tractores de cadenas con cadenas de martillos como si estuvieran planeando una invasión; otros, más artesanales, me prometían milagros a mano que yo sabía imposibles para el estado de mi finca.
Lo que buscaba era equilibrio: alguien que respetara los castaños centenarios pero que fuera implacable con la maleza que trepaba por sus troncos. Finalmente, tras comparar presupuestos y ver fotos de trabajos previos que parecían milagros de la ingeniería forestal, encontré a un equipo que hablaba mi mismo idioma. No solo me ofrecieron la limpieza, sino el asesoramiento sobre cuándo era mejor realizar el mantenimiento para que la inversión no se la comiera la siguiente «vagalume de chuvia».
Cuando por fin vi aparecer el camión con la maquinaria, sentí un alivio profundo. Ver cómo el acero se abría paso entre la maleza, revelando de nuevo la silueta de mi tierra, fue como recuperar un recuerdo borroso. Ahora, mi finca vuelve a respirar, y yo he aprendido que, en esta tierra nuestra, tener el contacto de una buena empresa de limpieza es tan importante como tener las llaves de casa. Al final, cuidar el monte es la mejor manera de honrar a quienes lo trabajaron antes que nosotros.