Hay algo profundamente satisfactorio en el sonido de una cerradura que encaja a la perfección por primera vez. Desde hace unas semanas, ese es el sonido que marca el ritmo de mis días. He empezado un nuevo trabajo instalando puertas de entrada Ferrol, y aunque el cuerpo llega cansado a casa, la sensación de seguridad que dejo instalada en cada hogar me devuelve una gratitud que no esperaba.
El reto de la ciudad departamental
Ferrol no es una ciudad cualquiera para trabajar en la construcción o las reformas. Aquí, el clima es un factor que no puedes ignorar. La humedad del Atlántico y el salitre que se cuela por cada rincón de la ría obligan a ser extremadamente meticuloso. No basta con que la puerta quede bonita; tiene que ser un búnker contra el viento del norte y la lluvia persistente.
En mis primeros días, me he dado cuenta de que cada barrio tiene su propia personalidad. He pasado de colocar modernas puertas blindadas con acabados minimalistas en los nuevos bloques de Esteiro, a enfrentarme al reto de ajustar marcos antiguos en las casas con solera del Barrio de la Magdalena. Trabajar en el centro histórico es lo que más me gusta, aunque sea lo más difícil. Esas paredes de piedra gallega, de casi un metro de ancho, no te lo ponen fácil. Cada milímetro cuenta, y el nivel de burbuja se convierte en mi mejor amigo para asegurar que el aislamiento térmico y acústico sea impecable.
Mucho más que carpintería
Lo que más me ha sorprendido de este oficio es el contacto con la gente. En Ferrol, el vecino es agradecido pero exigente. Saben lo que es un trabajo bien hecho porque esta es una ciudad con alma de astillero y manos de artesano. Cuando llego a una casa con la puerta nueva bajo el brazo, no solo llevo un elemento decorativo; llevo la barrera que protegerá su intimidad y su descanso.
A mediodía, cuando hago una pausa para tomar un café rápido cerca del puerto, miro mis manos y veo las marcas del oficio: un poco de serrín, rastro de espuma de poliuretano y la satisfacción del deber cumplido. Me gusta pensar que, con cada puerta que instalo, estoy ayudando a renovar la cara de mi ciudad, bloque a bloque, calle a calle.
Mirando al futuro
Este trabajo me está enseñando que la paciencia es tan importante como el taladro. Ajustar los herrajes, comprobar que la hoja no roza el suelo y ver la cara de alivio de los dueños al cerrar por primera vez es lo que hace que valga la pena el esfuerzo. Ferrol está cambiando, y yo tengo la suerte de ser quien pone la primera pieza de esos nuevos hogares: la puerta de entrada.