Crecer con una piel rebelde en una ciudad atlántica marca una rutina muy particular. A finales de mi adolescencia y en los primeros años de juventud, el clima húmedo de Vigo no siempre jugaba a mi favor: la mezcla de salitre, llovizna constante y cambios bruscos de temperatura convertía cualquier brote cutáneo en una batalla diaria. Mientras mis amigos dedicaban sus tardes a pasear por Príncipe o a planear el fin de semana, yo pasé buena parte de aquellos años recorriendo cabinas de estética, farmacias de barrio y consultas especializadas en busca de la fórmula mágica que devolviera el equilibrio a mi rostro.
Aquella travesía fue, en realidad, un aprendizaje empírico a base de prueba y error con los tratamientos cara Vigo más variados de la época. Todo empezó por lo más accesible y rudimentario: las clásicas limpiezas de cutis con vapor de ozono en un pequeño centro cercano a la Gran Vía. Recuerdo la toalla tibia envolviéndome la frente, el silbido continuo del difusor humedeciendo la estancia con un olor denso a agua destilada y, sobre todo, el inevitable suplicio de las extracciones manuales. Salías a la calle con la cara inflamada y los poros al rojo vivo, tapándote con la bufanda o la capucha de la cazadora mientras bajabas la cuesta hacia la ría, esperando que el orvallo calmara la irritación antes de llegar a casa.
Cuando comprendí que el vapor no bastaba para atajar los desajustes más profundos, di el salto a procedimientos más técnicos. Fueron los años en que los peelings químicos suaves de ácido glicólico y salicílico empezaron a ganar terreno en la ciudad. La primera vez que me aplicaron un ácido en el rostro sentí una mezcla de fascinación y alerta: el picor sordo y constante durante los tres minutos reglamentarios, el cronómetro en la mano de la profesional y el alivio gélido de la solución neutralizadora. La exfoliación de los días posteriores era engorrosa y exigía esconderse del sol —un reto fácil bajo los cielos nublados del invierno vigués—, pero la renovación celular dejaba una textura que jamás había logrado con cremas comerciales.
Más adelante llegaron las sesiones de microdermoabrasión con punta de diamante en una clínica más moderna hacia la zona de Urzáiz. Aquel sonido de aspiración diminuta recorriendo la frente y las aletas de la nariz parecía ciencia ficción comparado con los barros y mascarillas astringentes de farmacia que me aplicaba en casa los domingos por la noche. Por primera vez, los tratamientos no buscaban solo apagar incendios, sino regenerar la piel desde la raíz, cerrando marcas tempranas y devolviendo una luminosidad limpia que el estrés de los exámenes me arrebataba por temporadas.
Mirando atrás, aquel periplo por las cabinas y salas de espera de Vigo no fue solo una cuestión de vanidad juvenil. Fue un proceso de autoconocimiento y paciencia, un aprendizaje sobre la constancia y el respeto a la propia piel en una etapa de la vida en la que cada pequeño reflejo en el cristal parecía importar el doble.