Cuando mi tractor empezó a toser como si tuviera alergia al trabajo, me di cuenta de que no podía seguir ignorando el mantenimiento de mis máquinas si quería que la siembra y la cosecha no se convirtieran en una pesadilla. En esta zona, donde el campo es el rey, mantener los equipos en forma es tan importante como regar las plantas, y por suerte encontré un taller de maquinaria agrícola Pontevedra que me salvó el pellejo más de una vez. No soy de esos que se saben el manual de cada máquina de memoria, pero con el tiempo he aprendido que cuidarlas no es solo una cuestión de orgullo, sino de sobrevivir a las temporadas sin quedarme en la ruina por averías que podía haber evitado.
Las averías más frecuentes son como esos invitados que llegan sin avisar y te arruinan la fiesta, y en mi caso, el tractor me dio un susto cuando empezó a perder potencia en plena faena, justo cuando el sol pegaba fuerte y tenía que terminar antes de que lloviera. Resultó que el filtro de aire estaba tan sucio que parecía una alfombra vieja, y el combustible que le había echado no era el mejor del mundo, algo que el mecánico me explicó mientras desmontaba piezas con una calma que yo no tenía. Otra vez fue la segadora, que decidió que cortar hierba no era lo suyo porque la cuchilla estaba más desgastada que mis botas de tanto trajín; esas cosas pasan si no estás atento, y ahora sé que un ruidito raro o una vibración extraña son señales de que algo no va bien y hay que meterle mano antes de que el problema crezca como mala hierba.
Las revisiones periódicas se han convertido en mi ritual sagrado, porque esperar a que algo se rompa para actuar es como jugar a la ruleta rusa con el presupuesto. Antes pensaba que llevar las máquinas al taller cada tanto era gastar por gastar, pero después de ver cómo una correa a punto de reventar se cambió a tiempo y me ahorré un motor fundido, cambié de opinión rapidito. El chico del taller me recomendó revisar el aceite cada dos meses, porque dice que es como la sangre de la máquina, y si está negro o bajo, todo se va al carajo. También me enseñó a mirar las juntas y los manguitos por si hay fugas, y aunque no soy un genio con las herramientas, esas visitas regulares me dan la tranquilidad de saber que mis cacharros están listos para aguantar el trote del campo sin darme un disgusto.
Escoger el lugar idóneo para arreglar estas máquinas fue todo un culebrón, porque no quería dejar mi tractor en manos de cualquiera que me cobrara un dineral por cambiar una pieza y ya. El taller de maquinaria agrícola Pontevedra que encontré tiene fama por aquí, y no es para menos: la primera vez que fui, el mecánico se tiró media hora explicándome por qué el embrague estaba pidiendo clemencia y cómo podía evitar que volviera a pasar si no pisaba el pedal como si estuviera en una carrera. Tienen repuestos originales, que no es poca cosa, porque una vez intenté ahorrar con una pieza barata de segunda mano y duró lo que tarda un café en enfriarse. Ahora miro que el sitio tenga experiencia, que me den garantía y que no me miren raro si pregunto hasta el último detalle, porque al final es mi dinero y mi cosecha los que están en juego.
Hablar con otros agricultores del pueblo me ha abierto los ojos a lo importante que es no tomarse esto a la ligera. Uno me contó que dejó su sembradora parada un invierno sin limpiarla y cuando quiso arrancarla, estaba tan oxidada que parecía una reliquia; desde entonces, yo me aseguro de darle un repaso a todo antes de guardarlo, aunque sea pasar un trapo y echarle un vistazo por encima. Ese taller en Pontevedra no solo me arregla las máquinas, sino que me da trucos para que duren más, y cada vez que veo mi tractor zumbando como nuevo, pienso que vale la pena el esfuerzo.