Cada vez que el catamarán deja atrás el puerto de Bueu o Portonovo y veo cómo el continente se encoge, siento lo mismo: una liberación inmediata. Llegar a Ons no es solo visitar una isla; es entrar en un ritmo de vida que ya no existe en la tierra firme. Si me preguntas en la isla de ons que hacer, te diría que la clave es mezclar el esfuerzo de la caminata con el placer absoluto de la inactividad.
Lo primero que hago siempre es calzarme las botas. Antes de que el sol apriete, encaro la Ruta del Sur. Es mi favorita porque te lleva a través de paisajes cambiantes hasta llegar al mirador de Fedorentos. Desde allí, la isla de Cíes parece estar al alcance de la mano. Pero el verdadero espectáculo está en el Burato do Inferno. Asomarse a esa grieta vertical donde el mar ruge en las entrañas de la tierra da vértigo y respeto. Dicen que se oyen los lamentos de las almas, pero yo solo escucho la fuerza bruta del Atlántico golpeando los acantilados.
Después de la caminata, el cuerpo pide recompensa. Y en Ons, esa recompensa tiene nombre propio: Casa Acuña. No puedes venir aquí y no probar el polbo á illa (pulpo estilo isla). A diferencia del á feira, aquí lo preparan con una salsa a base de pimentón que es adictiva. Sentarse en la terraza, con un vino turbio fresco y el olor a salitre, es quizás el momento cumbre del día.
Con el estómago lleno, la tarde es para el «Caribe gallego». Aunque la playa de As Dornas es pintoresca con sus embarcaciones, yo prefiero caminar un poco más hasta la Playa de Melide. Es nudista, salvaje y tiene una arena tan blanca que deslumbra. El agua está helada, sí —es el precio a pagar por bañarse en un Parque Nacional—, pero sumergirse en esas aguas turquesas te reinicia el sistema nervioso.
Si tienes la suerte de quedarte a dormir en el camping o en las habitaciones de alquiler, descubrirás la verdadera magia de Ons. Al caer la noche, la isla se vacía. No hay contaminación lumínica. Me gusta subir hacia el Faro, uno de los pocos que siguen atendidos por fareros, y simplemente mirar arriba. Ons es destino Starlight, y ver la Vía Láctea reflejada sobre la ría en silencio absoluto es una experiencia que te cambia la perspectiva.